lunes, 24 de octubre de 2011

Diario 7ª Práctica de aula - grupo 1 - 25/10/2011


Elaborado por Sheila Arias

Asisten 37 personas


Al comienzo de la clase, Josetxu nos proporcionó un resumen perteneciente al capítulo sobre "Historia de la infancia” de Lloyd DeMause (ver enlace y resumen adjunto). Del cual tendremos que obtener los argumentos a favor y en contra, proponiendo así realizar un debate para el miércoles 2 de noviembre.
Tras la entrega del resumen del libro, para ejmplificar cómo organizar un debate Josetxu nos da una nueva hoja en la que debemos obtener 10 argumentos en contra y a favor de la neutralidad y/o beligerancia en educación La solución de los argumentos en contra de la neutralidad er: 1A, 5B, 5A, 1A, 3B, 1B, 4B, 2A, 2B y 4A. Y los argumentos en contra de la beligerancia sus soluciones son: 4B, 6b, 1A, 5b, 2A y 3B.
Resuelta esta actividad, Josetxu repartió otra nueva hoja, pero esta vez sobre la beligerancia. Estas dos actividades debían realizarse en grupos.
Tras esto, Josetxu nos puso un power point (ver presentación adjunta) sobre la educación en valores en Cuba en el que se opinaba sobre los valores a lograr en la educación, los cuales eran ocho; honestidad, honradez, responsabilidad, laboriosidad, incondicionalidad, solidaridad, patriotismo y antiliberalismo. Nos propuso también una pregunta “¿se puede educar para odiar? “.
Después de esto, él comenzó a corregir algunas faltas ortográficas pertenecientes al “Fragmento de Historia de la infancia”.
También hablamos sobre la evolución de las 6 fases de la psicogénesis de la infancia, que se ve en la página 10 de “Fragmentos de la historia de la infancia”.
Por ultimo planteó la tercera presentación de la asignatura sobre los objetivos de la educación: cuándo comienza (s.XX) y se pregunta ¿Cómo y cuándo surge la pedagogía por objetivos?.
Para ello explicó


1º La obra de Galton, que intentóó medir el grado de genialidad (y, por tanto de imbecilidad e idiotez) de las personas, para fundamentar la eugenesia.
2º Terman que creó el primer test norteamericano de C.I. y que a,poyaba que la deficiencia verbal se encontraba en las familias hispano-indias y mexicanas del sudeste y los negros.
Y por último nos dio tiempo a nombrar a:
3º Thorndike, psicólogo norteamericano que pensaba que había una correlación positiva sustantiva entre la moralidad y la inteligencia, incluyendo la buena voluntad hacía el prójimo.



















DeMause, Lloyd (1991). Historia de la infancia. Alianza Universidad: Madrid.






Capítulo 1. La evolución de la infancia. LLOYD DeMAUSE (p.15-92).






La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco. Cuanto más se retrocede en el pasado, más bajo es el nivel de la puericultura y más expuestas están los niños a la muerte violenta, el abandono, los golpes, el terror y los abusos sexuales.
Cuando un historiados de la sociedad comprueba la existencia del infanticidio generalizado lo declara «admirable y humano». Cuando otro habla de las madres que pegaban sistemáticamente con palos a sus hijos cuando aún estaban en la cuna, comenta, sin prueba alguna, que «si su disciplina era dura, también era regular y justa y estaba informada por la bondad». Cuando un tercero se tropieza con madres que metían a sus hijos en agua helada cada mañana para «fortalecerlos», práctica que ocasionaba la muerte de los niños, dice que «su crueldad no era intencional», sino que simplemente «habían leído a Rousseau y Locke»…
Tras reconocer que la costumbre de azotar a los niños con diversos instrumentos «en la escuela y en el hogar parece haber sido tan común en el siglo XVII como lo fue «posteriormente», Willian Sloane se siente obligado a decir que «los niños, entonces como después, a veces merecen ser azotados». Cuando Philippe Ariès acumula tantos testimonios de abusos sexuales manifiestos cometidos con los niños que admite que «jugar con los genitales de los niños formaba parte de una tradición generalizada», pasa a describir una escena tradicional en un tren, en la que un extraño se lanza sobre un niño «hurgando brutalmente con la mano dentro de la bragueta del niño» mientras el padre sonreía, y termina diciendo «se trataba únicamente de un juego cuyo carácter escabroso debemos cuidar de no exagerar». De igual modo Anna Burr, que ha estudiado 250 autobiografías, señala que no hay recuerdos felices de la infancia, pero evita cuidadosamente extraer conclusiones: «los padres buenos no dejan huellas en los testimonios escritos».
La tesis central de Ariès es la opuesta a la mía: él sostiene que el niño tradicional era feliz porque podía mezclarse libremente con personas de diversas clases y edades y que en los comienzos de la era moderna, se «inventó» un estado especial llamado infancia que dio origen a una concepción tiránica de la familia que destruyó la amistad y la sociabilidad y privó a los niños de libertad, imponiéndoles por primera vez la férula y la celda carcelaria. Para ello utiliza dos argumentos: que en la Alta Edad Media no existía el concepto de infancia y que la familia moderna limita la libertad del niño y aumenta la severidad de los castigos (y esto último es contradictorio con todos los datos disponibles).


Principios psicológicos de la historia de la infancia.
Si nos centramos en lo que sucede cuando un adulto se halla ante un niño que necesita algo, podemos encontrar tres reacciones:
1) Proyectiva, cuando utiliza al niño como vehículo para la proyección de su propio inconsciente;
2) De inversión, cuando utiliza al niño como sustituto de una figura importante en su infancia;
3) De empatía, cuando actúa para satisfacer sin más las necesidades del niño.
La reacción proyectiva es bien conocida de los psicoanalistas, que le aplican términos que van desde «proyección» a «identificación proyectiva», una forma más concreta e incisiva de descargar sentimientos entre otros. El psicoanalista, por ejemplo, está muy acostumbrado a que se le utiliza como «recipiente» de las proyecciones masivas del paciente. Este ser utilizados como vehículos para las proyecciones era lo que les solía ocurrir a los niños de otras épocas.
De igual modo, la reacción de inversión es conocida de quienes han estudiado a los padres que pegan a sus hijos. Estos existen únicamente para satisfacer las necesidades de los padres .y es casi siempre el hecho de que el niño-como-padre no demuestre cariño lo que provoca la paliza. Con palabras de una madre que pegaba a sus hijos: «Nunca me he sentido amada en toda mi vida. Cuando el niño nació pensé que me querría. Cuando lloraba, su llanto indicaba que no me quería, por eso yo le pegaba».
La tercera expresión, reacción empática, es la capacidad del adulto para situarse en el nivel de la necesidad de un niño e identificarla correctamente sin mezclar las proyecciones propias del adulto. Este ha de ser capaz de mantenerse a suficiente distancia de la necesidad para poder satisfacerla.
Las reacciones proyectiva y de inversión se daban a veces simultáneamente en los padres, produciendo un efecto de «doble imagen»: se veía al niño como un ser lleno de los deseos hostilidades y pensamientos sexuales proyectados del adulto y al mismo tiempo como figura del padre o de la madre, esto es, a la vez malo y bueno. Cuanto más se retrocede en la historia, más concreción o reificación se halla en estas reacciones proyectiva o de inversión, lo que origina actitudes cada vez más extrañas hacia los niños, semejantes a las de los padres contemporáneos de niños apaleados y esquizofrénicos
Son también las reacciones proyectivas y de inversión las que hacen imposible la culpabilidad en los casos de fuertes palizas tan frecuentes en los testimonios históricos. No es el niño real el objeto de los golpes. Es más bien la proyección del adulto («Mírala, ¡qué ojos pone! ¡Así es como se gana a los hombres, es una perfecta coqueta!» dice una madre de su hija de dos años después de zurrarle) o un producto de la inversión («Se cree el amo, todo el tiempo tratando de imponerse. ¡Pero le he demostrado quién es el que manda aquí!» dice un padre de su hijo de nueve meses al que le ha roto la cabeza).
Es este cuadro que refleja la fusión de padre e hijo, en el que el padre se queja de que es él el que sufre y merece compasión, el que encontramos cuando nos preguntamos cómo podían estar tan generalizadas las palizas en otros tiempos. Incluso los accidentes reales (producidos porque se les dejaba solos muy a menudo, hasta el siglo XX era costumbre dejar solos a los niños) son considerados como daños para el padre: «¡Ay, por mis pecados el justo Dios arroja a mi hija al fuego!» y como cree que es él el castigado no puede sentir culpabilidad con respecto a su hija (por ejemplo, por dejarla sola) ni para tomar medidas correctivas.
La utilización del niño como «recipiente» para las proyecciones del adulto subyace a la idea del pecado original, y durante 800 años los adultos estuvieron de acuerdo, en general, en que, «el recién nacido está mancillado y corrompido por el pecado que hereda de nuestros primeros padres a través de nuestra carne…» El bautismo solía incluir el exorcismo del demonio, y la creencia de que el niño que lloraba al ser bautizado dejaba salir de sí al demonio persistió durante mucho tiempo después de la supresión formal del exorcismo en la Reforma.
El niño estaba tan cargado de proyecciones que muchas veces se exponía a ser considerado un engendro si lloraba demasiado o tenía otras exigencias. Hay una abundante literatura sobre el robo de niños y su sustitución por engendros, pero no siempre se advierte que no sólo se mataba a los niños deformes, sino también a los que, como dice San Agustín, «están poseídos por un demonio… sometidos al poder del Diablo… algunos niños mueren en esa situación…» Algunos Padres de la Iglesia declararon que si un niño pequeño simplemente lloraba cometía un pecado.
La creencia de que los niños estaban a punto de convertirse en seres absolutamente malvados es una de las razones por la que se les ataba o se les fajaba bien apretados y durante tanto tiempo. Las razones dadas para justificar la envoltura en vendas o fajas en otras épocas son las mismas que dan hoy quienes la practican en Europa Oriental: hay que sujetar al niño porque si no se rompería las orejas, se sacaría los ojos, se rompería las piernas o se tocaría los genitales.
Las figuras fantasmales utilizadas para asustar a los niños a lo largo de la historia son legión y los adultos recurrían a ellas sistemáticamente hasta hace muy poco. Cuando la religión dejó de ser el foco de atracción de la campaña de terror, se utilizaron figuras más próximas al hogar: el hombre lobo, Barba Azul, Boney (Bonaparte), el coco, el deshollinador,… Esta necesidad de personificar figuras punitivas era tan poderosa que con arreglo al principio de concreción, los adultos llegaban a confeccionar máscaras para asustar a los niños. Estas figuras alarmantes eran también las preferidas de las niñeras que deseaban mantener a los niños en la cama mientras ellas salían de noche. Hay otro sector de concreción de esta necesidad de aterrorizar a los niños que implica el uso de cadáveres. Era costumbre sacar a los niños de la escuela para llevarlos a presenciar ejecuciones y los padres solían llevarlos a tales espectáculos azotándolos después al regresar a casa para que recordaran lo que habían visto.
Incluso un acto tan simple como sentir empatía hacia los niños que sufrían golpes era difícil para los adultos en otras épocas. Los pocos educadores que antes de la época moderna aconsejaban que no se pegara a los niños, generalmente se valían del argumento de que ello tendría malas consecuencias, no que haría daño al niño. Sin embargo, sin este elemento de empatía, el consejo no sufría efecto alguno y los niños continuaban recibiendo golpes como antes. Cuando se leen las más de dos mil referencias a los niños existentes en la Biblia no aparecen imágenes apacibles, sino muchas sobre el sacrifico de los niños, la lapidación de niños, la administración de azotes a niños, sobre su obediencia estricta, sobre su amor a los padres y sobre su papel como como portadores del nombre de la familia, pero ni una sola que revele empatía alguna respecto de sus necesidades. Incluso la conocida frase de «Dejad que los niños se acerquen a mí» resulta ser la práctica habitual en el Oriente Medio de exorcizar por imposición de las manos, práctica que aplicaba muchos santones con el fin de erradicar el mal inherente a los niños.
Todo esto no quiere decir que los padres de otras épocas no amaran a sus hijos, pues sí que los amaban. Tampoco los padres de hoy que pegan a sus hijos son sádicos; los quieren, en ocasiones y a su manera, y a veces son capaces de manifestar ternura, sobre todo cuando los niños no exigen demasiado de ellos. Lo mismo puede decirse de los padres de otras épocas; las manifestaciones de ternura con los hijos se dan con mayor frecuencia cuando el niño no pide nada, en especial, cuando está dormido o muerto. Ciertamente no era la capacidad de amar la que le faltaba al padre de otras épocas, sino más bien la madurez afectiva necesaria para ver al niño como una persona distinta de sí mismo. Es difícil calcular la proporción de padres que alcanza hoy con cierta coherencia el nivel empático.
La inversión comienza mucho antes de nacer el niño; es el origen del vivo deseo de tener hijos que se advierte en otras épocas y que se expresa siempre en función de lo que los hijos pueden deparar a los padres, nunca de lo que éstos les pueden dar a ellos. De lo que se queja Medea antes de cometer el infanticidio es de que al matar a sus hijos no tendrá a nadie que cuide de ella. Una vez nacido el hijo se convierte en el padre de su madre y de su padre, en el aspecto positivo o negativo, sin que se tenga en cuenta en absoluto su edad. La madre renace literalmente en el hijo; no sólo se viste a los niños como adultos en miniatura, sino visiblemente como mujeres en miniatura, a veces incluso con trajes escotados.
Los niños siempre han cuidado de los adultos en formas muy concretas. Desde la época romana, niños y niñas servían a los padres en la mesa y en la Edad Media todos lo niños excepto los de sangre real, actuaban de sirvientes, en sus hogares o en casas ajenas, y muchas veces tenían que volver corriendo de la escuela a mediodía para atender a sus padres.
He catalogado más de 500 cuadros de madres e hijos de todos los países comprobando que los cuadros en que los niños miran, sonríen y acarician a las madres son anteriores a aquellos en que las madres miran, sonríen y acarician a los niños, actitudes raras en las madres en cualquier pintura.
Infanticidio y deseos de muerte respecto a los niños (p.47-59).
Ya se sabe los suficiente para afirmar que, contrariamente al supuesto usual de que es un problema oriental y no occidental, el infanticidio de hijos legítimos e ilegítimos se practicaba normalmente en la antigüedad, que el de los hijos legítimos se redujo sólo ligeramente en la Edad Media, y que se siguió matando a los hijos ilegítimos hasta entrado ya el siglo XIX.
Al infanticidio en la antigüedad se le ha solido restar importancia pese a los centenares, literalmente, de claras referencias por parte de los escritores antiguos en el sentido de que era un hecho cotidiano y aceptado. Los niños eran arrojados a los ríos, echados en muladares y zanjas, envasados en vasijas para que se murieran de hambre y abandonados en cerros y caminos «presa para las aves, alimento para animales salvajes» (Eurípides). En primer lugar a todo niño que no fuera perfecto en forma o tamaño, o que llorase demasiado o demasiado poco, o que fuera distinto de las obras ginecológicas sobre «Cómo reconocer al recién nacido digno de ser criado» generalmente se le daba muerte, aparte de esto al primogénito se le solía dejar vivir, sobre todo si era varón. Por supuesto a las niñas se las valoraba en muy poco y las instrucciones de Hilarión a su esposa Aris (I.a.C.) son típicas en cuanto a la franqueza con que se hablaba de estas cosas: «Si, como suele suceder, das a luz a un hijo, si es varón consérvalo; si es mujer. abandónala».
Hasta el siglo IV, ni la ley ni la opinión pública veían nada malo en el infanticidio en Grecia o en Roma. Los grandes filósofos tampoco. Esos escasos pasajes que los estudiosos de los clásicos consideran como una condena del infanticidio, a mi modo de ver, indican lo contrario, como éste de Aristóteles: «En cuanto al abandono o la crianza de los hijos, debe de haber una ley que prohíba criar a los niños deformes; pero, por razón del número de hijos, si las costumbres impiden abandonar a cualquiera de los nacidos, debe haber un límite a la procreación».
Autores más antiguos como Aristipo aprobaban abiertamente el infanticidio diciendo que un hombre podía hacer lo que quisiera con sus hijos, pues «¿no nos desprendemos de nuestra saliva, de los piojos y otras cosas que no sirven para nada y que sin embargo son engendradas y alimentadas en nuestras propias personas?».O, como Séneca, pretendían que sólo se trataba de los niños enfermos: A los perros locos les damos un golpe en la cabeza; al buey fiero y salvaje lo sacrificamos; a la oveja enferma la degollamos para que no contagie al rebaño; matamos a los engendros; ahogamos incluso a los niños que nacen débiles y anormales. Pero no es la ira, sino la razón la que separa lo malo de lo bueno.
El sacrificio de niños era practicado por los celtas de Irlanda, los galos, los escandinavos, los egipcios, los fenicios, los moabitas, los ammonitas y, en determinados períodos, los israelitas. Los arqueólogos han excavado miles de huesos de niños sacrificados, a menudo con inscripciones en las que se identificaba a las víctimas, hijos primogénitos de familias nobles, que se remontan a la Jericó del año 7000 a.C. El emparedar a los niños en muros o enterrarlos en los cimientos o edificios o puentes para reforzar la estructura era frecuente también, desde que se construyeron las murallas de Jericó hasta el año 1843 en Alemania.
El dar muerte a los niños no comenzó a ser considerado como asesinato en las leyes hasta el año 374. Sin embargo, la oposición al infanticidio, incluso por parte de los Padres de la Iglesia, muchas veces parecía estar basada más bien en la preocupación por el alma de los padres que por la vida del niño. Después del concilio de Vaison (año 442) el hallazgo de niños abandonados debía anunciarse en las iglesias, y en el año 787 Dateo de Milán fundó el primer asilo dedicado exclusivamente a niños abandonados.
Pero hay tasas de masculinidad (de 156 varones por 100 mujeres – hacia el año 801 – y de 172 varones por 100 mujeres – en 1391) que son indicios de la magnitud del infanticidio de hijas legítimas y como a los hijos ilegítimos se les daba muerte, sea cual sea su sexo, la tasa real de infanticidio pudo ser muy elevado en la Edad Media. Es muy posible que antes del siglo XVI el infanticidio sólo se castigara esporádicamente.
Abandono, lactancia y empañadura (p.59-70).
Aunque hubo muchas excepciones a la regla general, más o menos hasta el siglo XVIII el niño medio de padres acomodados pasaba sus primeros años en casa de un ama de cría, volvía a su hogar para permanecer al cuidado de otros sirvientes y salía de él a la edad de siete años para servir, aprender un oficio o ir a la escuela, de modo que el tiempo que los padres con medios económicos dedicaban a criar a sus hijos era mínimo. Los efectos de esta y otras formas de abandono institucionalizado por parte de los padres sobre el niño muy pocas veces se han estudiado.
La forma de abandono más extremada y más antigua es la venta directa de los niños Legal en el época de los babilonios y normal en muchas naciones en la Antigüedad. En muchas regiones la venta de niños continuó practicándose esporádicamente hasta la edad moderna y, por ejemplo, en Rusia, no se prohibió legalmente hasta el siglo XIX.
Otra forma de abandono era utilizar a los niños como rehenes políticos y como prenda por deudas, práctica que se remonta también a la época babilónica. Muchas veces era difícil distinguir la costumbre de enviar a los hijos a servir como pajes o criados en las casas de otros nobles de la utilización de los hijos como rehenes.
La forma de abandono institucionalizado predominante en el pasado era enviar a los hijos a casa del ama de cría. Excepto en aquellos casos en que el ama de casa vivía en el hogar, los niños criados por amas de cría permanecías en casas de éstas de dos a cinco años. La costumbre persistió inexorablemente hasta el siglo XVIII en Inglaterra y en Norteamérica, hasta el siglo XIX en Francia y hasta el siglo XX en Alemania.
Todavía en 1780 el jefe de la policía en París estimaba que de los 21.000 niños nacidos cada año en esa ciudad, 17000 eran enviados al campo con nodrizas, 2000 o 3000 eran llevados a hospicios, 700 eran criados en el hogar por amas de leche y sólo 700 eran criados por sus madres.
En todas las épocas se administraban normalmente, a los niños opio y bebidas alcohólicas para que dejasen de llorar. El Dr. Hume se quejaba en 1799 de que miles de niños morían todos loa años porque las nodrizas «siempre estaban haciéndoles tragar Godfrey´s Cordial, que es un opiáceo muy fuerte y en definitiva tan fatal como el arsénico».
Control de evacuación, disciplina y sexo (p.70-87).
Los datos que he reunido sobre los métodos de castigar a los niños me llevan a pensar que un porcentaje muy alto de los niños nacidos entes del siglo XVIII eran lo que hoy llamaríamos «niños zurrados». He examinado más de doscientos escritos anteriores al siglo XVIII en los que se formulan consejos sobre la crianza de los niños; en la mayoría de ellos se aprueba el castigo corporal y en todos se admite en determinadas circunstancias. He hallado biografías de setenta niños anteriores al siglo XVIII y todos ellos recibían golpes.
De la frecuencia comparativa del uso de los instrumentos de castigo dan una idea las categorías del maestro de escuela alemán que calculaba que había dado 911.527 golpes con el garrote, 124.000 latigazos, 136.715 bofetadas y 1.115.800 cachetes. Las palizas que se describen en las fuentes eran en general muy duras, producían magulladuras, y heridas, comenzaban en edad temprana y eran un elemento normal en la vida del niño.
Siglo tras siglos, los niños zurrados crecían y a su vez, zurraban a sus hijos. La protesta pública era rara. Incluso humanistas y maestros que tenían fama de ser muy bondadosos, como Petrarca, Ascham, Comenio y Pestalozzi, aprobaban el castigo corporal de los niños.
En el siglo XVII se hicieron algunos intentos para limitar el castigo corporal de los niños, pero fue en el siglo XVIII cuando la reducción fue más notable. Las primeras biografías que he encontrado de niños que tal vez no recibieran golpes nunca, datan de 1690 a 1750. Hasta el siglo XIX no empezó a desaparecer en la mayor parte de de Europa y América del Norte la vieja costumbre de los azotes, manteniéndose por más tiempo en Alemania, donde el 80% de los padres todavía admiten que pegan a sus hijos, un 35 % con bastones.
Periodización de las formas de las relaciones paterno-filiales (p.88-90).
Dado que todavía hay personas que matan, pegan y utilizan sexualmente a los niños, todo intento de periodizar las formas de crianza de los niños ha de empezar por admitir que la evolución psicogénica sigue distintos ritmos en distintas familias, y que muchos padres parecen haberse quedados «detenidos» en modelos históricos anteriores. Hay también diferencias regionales y de clase que son importantes, especialmente desde la época moderna, en que las madres de las clases altas dejaron de confiar a sus hijos a amas de cría y empezaron a criarlas ellas mismas. La periodización que se hace a continuación debe considerarse como una indicación de los tipos de relaciones paterno-filiales que se daban en el sector psicogenéticamente más avanzado de la población en los países más adelantados, y las fechas dadas son las primeras que encontré en las fuentes ejemplos del tipo correspondiente.
La serie de seis tipos representa una secuencia continua de aproximación entre padres e hijos a medida que generación tras generación, los padres superaban lentamente sus ansiedades y comenzaban a desarrollar la capacidad de conocer y satisfacer las necesidades de sus hijos.
1. Infanticidio (Antigüedad-siglo IV). La imagen de Medea se cierne sobre la infancia en la Antigüedad, pues en este caso el mito no hace más que reflejar la realidad. Algunos hechos son más importantes que otros y cuando los padres rutinariamente resolvían sus ansiedades acerca del cuidado de los niños matándolos, ello influía profundamente en los niños que sobrevivían. Respecto de aquellos a los que se perdonaba la vida, la reacción proyectiva era la predominante y el carácter concreto de la inversión se manifestaba en la difusión de la práctica de la sodomía con el niño.
2. Abandono (Siglos IV-XIII). Una vez que los padres empezaron a aceptar al hijo como poseedor de un alma, la única manera de hurtarse a los peligros de sus propias proyecciones era el abandono, entregándolo al ama de cría, internándolo en el monasterio o el convento, cediéndolo a otras familias de adopción, enviándolo a casa de otros nobles como criado o como rehén o manteniéndolo en el hogar en una situación de grave abandono afectivo. El símbolo de este tipo de relación podría ser Griselda, que de tan buen grado abandonó a sus hijos para demostrar su amor a su esposo (o quizá cualquiera de esas estampas tan populares de la Virgen María en una postura rígida sosteniendo al Niño Jesús.
3. Ambivalencia (Siglo XIV-XVII). Como el niño, cuando se le permitía entrar en la vida afectiva de los padres, seguía siendo un recipiente de proyecciones peligrosas, la tarea de éstos era moldearlo. De Dominici a Locke no hubo una imagen más popular que la del moldeamiento físico del niño, al que se consideraba como cera blanda, yeso o arcilla a la que había que dar forma. Este tipo de relación se caracteriza por una enorme ambivalencia.
4. Intrusión (siglo XVIII). Una radical reducción de la proyección y la casi desaparición de la inversión fueron los resultados de la gran transición que en las relaciones paterno-filiales se operó en el siglo XVIII. El niño ya no estaba tan lleno de proyecciones peligrosas, y en lugar de limitarse a examinar sus entrañas con un enema, los padres se aproximaban más a él y trataban de dominar su mente a fin de controlar su interior, sus rabietas, sus necesidades, su masturbación, su voluntad misma. El niño criado por tales padres era amamantado por la madre, no llevaba fajas, no se le ponían sistemáticamente enemas, su educación higiénica comenzaba muy pronto, se rezaba con él pero no se jugaba con él, recibía azotes pero no sistemáticamente, era castigado por masturbarse y se le hacía obedecer con prontitud tanto mediante amenazas y acusaciones como por otros métodos de castigo. Como el niño resultaba mucho menos peligroso, era posible la verdadera empatía, y nació la pediatría, que junto con la mejora general de los cuidados por parte de los padres redujo la mortalidad infantil y proporcionó la base para la transición demográfica del siglo XVIII.
5. Socialización (Siglo XIX-mediados del XX). A medida que las proyecciones seguían disminuyendo, la crianza de un hijo no consistió tanto en dominar su voluntad como en formarle, guiarle por el buen camino, enseñarse a adaptarse, socializarlo. El método de socialización sigue siendo para muchas personas el único modelo en función del cual puede desarrollarse el debate sobre la crianza de los niños y de él derivan todos los modelos psicológicos del siglo XX, desde la «canalización de los impulsos» de Freud hasta la teoría del comportamiento de Skinner.
6. Ayuda (comienza a mediados del siglo XX). El método de ayuda se basa en la idea de que el niño sabe mejor que el padre lo que necesita en cada etapa de su vida e implica la plena participación de ambos padres en el desarrollo de la vida del niño, esforzándose por empatizar con él y satisfacer sus necesidades peculiares y crecientes. No supone intento alguno de corregir o formar «hábitos». El niño no recibe golpes ni represiones y sí disculpas cuando se le da un grito motivado por la fatiga o el nerviosismo. Este método exige de ambos padres una enorme cantidad de tiempo, energía y diálogo, especialmente durante los primeros años, pues ayudar a un niño a alcanzar sus objetivos cotidianos supone responder continuamente s sus necesidades, jugar con él, tolerar sus regresiones, estar a sus servicio y no a la inversa, interpretar sus conflictos emocionales y proporcionar los objetos adecuados a sus intereses en evolución. Son pocos los padres que han intentado hasta ahora aplicar esta forma de crianza de los niños. De los cuatro libros en que se describe a niños criados con arreglo a este método, se desprende que su resultado es un niño más amable, sincero, que nunca está deprimido, que nunca tiene un comportamiento imitativo o gregario, de voluntad firme y en absoluto intimidado por la autoridad.






JOVELLANOS O EL SUEÑO DE LA RAZÓN







Probablemente sea Jovellanos la más alta expresión española de la educación contemporánea. Aristócrata, hu­manista y filántropo, autor de celebradas Memorias de instrucción pública y de modélicos Planes de educación, viajero curioso, ministro, patriota des­terrado, vigía de su tiempo, Jovellanos piensa la educación en términos ra­cionalistas y utilitaristas: la instrucción - escribe- es el principio primi­tivo de la prosperidad de las naciones. Escuela y economía, escuela y demo­cracia, básicamente en los términos en que él los plantea son dos de los te­mas dominantes un siglo más tarde. Asimismo, estamos ante quien ha ex­presado claramente el esencial principio justiciero de igual derecho a la enseñanza sin otra distinción que la que naturalmente dará a cada uno su ta­lento y su aplicación, principio del que se sabe que ha sido el eje del pen­samiento, por ejemplo, de Giner de los Rios.
Cuando se inaugura la obra más estimada de su vida, esto es, el Real Instituto Asturiano de náutica y minerología ordena poner esta inscripción en el frontis: A la verdad y a la utilidad pública. Esta educación útil y liberal que reclama en las páginas de su testamento y estos institutos de educa­ción e instrucción que destierran la ignorancia y la pereza y que fervientemente recomienda, constituyen un ejemplo del primer intento es­pañol de aproximación de dos ideas y de dos realidades: escuela y trabajo. Por donde quiera que lo miremos estamos ante el más típico re­presentante español del pensamiento del siglo de las luces en este campo. Podría ponerse debajo del retrato que le hizo Goya las pa­labras que más tarde le dedicara Marx: Aristocrático filántropo - escribe Marx -, Jovellanos, un amigo del pueblo, que esperaba conducir a éste hasta la libertad por medio de una prudentísima serie de leyes económicas y a través de la propaganda literaria de generosas doctrinas.
Orientado por la brújula de su tiempo, Jovellanos tiene tres objetivos: la prosperidad, la libertad, la felicidad. Prosperidad quiere decir trabajo. Felicidad quiere decir orden. Y la libertad es sólo el haz, porque el envés se llama disciplina. Quinientos noventa y nueve artículos rigen milimétrica­mente la vida del instituto diseñado por nuestro aristócrata: un aparato que produce la libertad y del que, al cabo, no sabemos si es una escuela, o un cuartel, o una cárcel. No sabemos si sus moradores son liberados pro­me­teos o represados segismundos; si están puestos al cuidado de piado­sos án­geles custodios, o bien, a merced de seculares ángeles exterminado­res. Ciento quince de esos artículos están íntegramente dedicados a los exáme­nes, cada uno de los cuales - conforme a una arquitectónica lógica es­colás­tica - da lugar a una prolija multiplicación jurídicamente dividida y entre­verada en una sofocante casuística obsesionada por llegar a aquél y aquel todo está aquí calculado, al cabo no se dice el número de noches en los que cabe esa pesadilla. Su benéfico instituto constituye un Leviatán, o sea, una máquina diseñada para producir la diferenciación, la selección, la clasifica­ción, la jerarquización, la distinción, la adaptación, la exclusión: es un apa­rato de graduar - como dice - el mérito (art.522). Leyendo el articu­lado hay que hacerse fuerza para no reaccionar en psicólogo y ponerse a buscar la oportuna categoría nosológica emparentada a esta verdadera, prudente y reglamentada orgía de sueños de dominación: sin duda una rama del ár­bol de la paranoia. «No es de creer se verifique jamás una per­fecta igualdad entre los alumnos; y por lo mismo se prohíbe que se coloque a dos sujetos en un mismo lugar» (art.537). Esto no ocurre solamente en las ordenanzas de su instituto, sino en todos los reglamentos que redacta, con­cretamente en su Plan de educación de la Nobleza. Reparemos un mo­mento en el capí­tulo titulado correcciones y castigos (cap. X). Dentro de pá­gina y media apa­rece concentrado el vocabulario - el campo semántico - de la educación-confesión y de la educación-castigo: en suma, el lenguaje so­crático-cristiano de la culpa. Jovellanos habla - hilvano su campo semántico: térmi­nos tex­tuales - de imponer penas por las culpas, las faltas, delitos de los alumnos, los cuales deben ser corregidos y castigados hasta que se enmienden y se merezcan otra cosa, pudiendo usar con los penitenciados de indulgencia e indultarles, o bien utilizar las amenazas de expulsión o de mala fama para que los demás los consideren indignos de su trato, como asimismo actos que les agravien, o que produzcan desdoro, así mirar con desdén, ponerlos de rodillas: el bo­chorno, el decoro, la vergüenza, el pundonor, la emulación noble, las distin­ciones honoríficas, los asientos preferentes, el dar enhora­buenas, así como privarles de los postres, reducirlos a sólo sopa y cocido, dejarles sin me­rienda, o que no ejerciten aquellas habilidades a que mues­tran afición, que no paseen o no visiten con los otros que desempeñan su deber, son otros tantos medios para hacer contener en los límites del deber a los alumnos, los cuales, por lo demás, pueden ser flojos, remisos o aplica­dos, y sobre los que hay que informar privadamente al director-¿espiritual?-de su talento, aplicación y conducta. Hasta aquí el vocabulario de la educación-castigo y de la educación-confesión que cabe en página y media del secular y equili­brado hombre de mundo Jovellanos. Cabe en ellas también una anécdota: la del banco de los desidiosos, el banquillo al que son condenados los culpa­bles. Véase: Habrá un banco en la clase, separado enteramente de los otros que con letras abultadas exprese: banco de los desidiosos, u otra expresión que agravie a los que por su culpa lo ocupen, donde siendo mirados con cierta especie de desdén.
Aunque no se va a insistir en ello, se hace necesario reconocer, senci­lla y llanamente que -más allá de todo perecedero costumbrismo- la regla­men­tación de los aparatos de nuestro prometeico aristócrata sólo parece admitir un paralelismo y un modelo: la Regla del monasterio benedic­tino.. Ateniéndose a los textos, todo parece indicar que, para los mismos objetivos, Jovellanos dis­pone del despliegue de unos medios más numerosos, mejor calcula­dos, más precisos, más sutiles, más eficaces. Dentro del campo de la edu­cación, los últimos son los primeros, porque aquí nos desenvolvemos en un círculo vi­cioso que, como todos ellos, se da cuerda a sí mismo. O sea, el universo ideológico de la repre­sión/liberación.
LERENA, C. (1983), Reprimir y liberar. Crítica sociológica de la educación y de la cultura contemporáneas. Madrid: Akal, pp. 105-112.







El cachete duele, pero no funciona







Los padres aún recurren al castigo físico leve para desahogar su impotencia pese a su nula eficacia - Pero ¿vale como último recurso?
J. A. AUNIÓN 17/11/2010
Un cachete, una bofetada, un azote, una colleja, un capón, un zapatillazo... Son términos clásicos, con connotaciones no demasiado negativas y que muchos españoles tienen asociados a la educación de sus hijos. Utilizados de forma muy puntual, como último recurso, para marcar claramente un límite a un niño o a un preadolescente, un buen número de personas lo ven como algo eficaz.
"Si no lo justificamos en pareja, ¿por qué sí con los niños?", dicen los expertosEl 60% de los adultos cree eficaz el bofetón "a tiempo". Idéntica tasa de niños lo sufre.
El castigo físico puede llegar a insensibilizar ante el dolor ajeno
Los especialistas recomiendan evitar la pena corporal, pero poner límitesOtros, entre ellos multitud de pedagogos y psicólogos, no están de acuerdo; insisten en no criminalizar a los padres que los usan (hay que dejar claro que no estamos hablando de violencia gratuita o de malos tratos graves, como palizas), pero rechazan tajantemente ese comportamiento como herramienta válida o adecuada para educar a los niños, primero, por reprobable en sí mismo -"Si no lo justificamos en el ámbito de la pareja, ¿por qué sí con los niños, que están indefensos?"- y, segundo, porque no funciona, al menos a largo plazo, asegura el profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid Manuel Gámez Guadix.
Este profesor ha vuelto a traer el debate al primer plano con un estudio que ha dirigido sobre la prevalencia del castigo físico de los menores en el ámbito familiar. Ha tomado una muestra de 1.067 alumnos universitarios de su campus y les ha preguntado si a la edad de 10 años les pegaron algún cachete: le había ocurrido al 60% de ellos, una cifra absolutamente consistente con el de una encuesta del CIS de 2005, que dijo que en torno al 60% de los adultos cree que "un azote o una bofetada a tiempo puede evitar más tarde problemas más graves". En otros estudios hechos en Estados Unidos con la misma metodología, dice Gámez, la cifra está entre el 23% (para los padres) y el 25% (madres).La pregunta era, recalca el profesor, sobre cachetes o azotes, quedando fuera cualquier acción que pueda causar alguna lesión o marcas. De hecho, se excluyó de la muestra a los jóvenes que habían sufrido algún tipo de violencia más grave para no confundir el ámbito de la investigación. Y en este punto aparece otro dato llamativo: el número de alumnos excluidos por haber sufrido golpes más severos (por ejemplo, del que cumple la amenaza de quitarse el cinturón para dar una reprimenda, agarra por el cuello o da un puñetazo) fue "una cifra considerable", en torno al "15% del total de la muestra".Estas últimas actitudes sí están condenadas y casi nadie las defiende, al menos en voz alta. Pero las otras, la del pequeño cachete cuando la niña de seis años no deja de gritar y molestar en medio de un restaurante abarrotado, o cuando el niño acaba de romper el jarrón de la abuela después de que le dijeran infinidad de veces que en el salón no se juega a la pelota, esas "están ampliamente aceptadas a nivel social", dice Gámez.Lo que pasa es que los contornos son difusos. ¿Cuándo ha llegado el límite? ¿Cuándo la hora de utilizar el último recurso? ¿Cómo se sabe que no ha sido demasiado? Hay muchísimos matices que conviene tener en cuenta, ya que no es lo mismo el coscorrón puntual que tomarlo como norma cada que vez que se quiera conducir al menor.Según el filósofo José Antonio Marina, la brújula es el "sentido común". "Hay que diferenciar" entre un maltrato físico fuera del marco educativo o que, dentro del proceso educativo, de forma puntual y para marcar límites, se pueda dar un cachete "siempre en un contexto de cariño y no en un arrebato de nervios", sobre todo en edades tempranas y para impedir conductas, no para fomentar buenos comportamientos, dice el responsable de la Universidad de Padres.
El juez de menores de Granada Emilio Calatayud ha dicho en numerosas ocasiones que el azote se puede dar siempre que sea en el momento oportuno y con la intensidad adecuada. Lo del momento y la intensidad adecuados pueden resultar conceptos un poco etéreos, pero, en general, quien defiende o, al menos, no rechaza de plano el azote desde un punto de vista estrictamente pedagógico dice que ha de ser el último recurso, que debe ir acompañado de calma, de reflexión, de cariño y de diálogo.El problema es que es muy difícil que esos contextos se den. Según el trabajo de Gámez, los cachetes suelen ir acompañados -en nueve de cada 10 casos- de "agresiones psicológicas", es decir, de "gritos, de amenazas, de intentos de humillar al menor", dice el investigador.
"El cachete explicita la impotencia y la incapacidad del adulto", dice el pedagogo y doctor en Ciencias de la Educación Joan Josep Sarrado. Así lo percibe el niño y, por lo tanto, lo vive como una "venganza" del padre o de la madre, y no puede tener efectos educativos positivos, asegura. Otra cuestión, aparte del desahogo, es la eficacia inmediata que puede tener el capón. Gámez explica que pueden tener unos resultados a corto plazo de mayor obediencia, pero "a largo plazo, lo que ocurrirá es que probablemente el padre tendrá que aplicarlo cada vez con más frecuencia para obtener el mismo resultado", añade.
Además, también hablan muchos expertos de los efectos negativos a largo plazo -insensibilizarle ante el dolor ajeno y enseñarle a resolver sus problemas con violencia-, y a corto, causarle una enorme desorientación si el padre o la madre se sienten tan culpables después que tratan de compensarlo de manera exagerada.En el lado contrario, muchas veces el argumento es: conmigo funcionó, no me he traumatizado y tengo una vida normal, así que no está tan mal. Para Gámez, alguien al que le dieron azotes tiene más posibilidad de dárselos a sus hijos y, por otro lado, también tiene sentido que se justifique si se utilizan por falta de estrategias alternativas o para justificar el comportamiento familiar que tuvieron con él.El profesor de Psicología de la Universidad de Navarra Gerardo Aguado asegura que "se exagera, ya que tampoco se traumatiza a los niños para toda la vida". La cuestión, sin embargo, es que conviene descartar castigos físicos, simplemente, porque "son innecesarios, no tienen ningún objetivo educativo", y "no funcionan", es decir, no van a corregir el comportamiento del menor.
Pero las otras herramientas requieren tiempo, esfuerzo y paciencia. "En educación, nada se improvisa", dice Sarrado. Los procesos de diálogo, de comunicación, de respeto deben empezar muy pronto, cuanto antes, añade. Y también la utilización de castigos no físicos o no agresivos. Es muy importante poner límites, acostumbrar a los niños también a lidiar con la frustración, porque las familias tienden a "sobregratificar" a los menores, añade.
Mucho se ha hablado, cuando se trata de educación, de que el final de una sociedad represiva en España dio paso a otra mucho más permisiva que ha acabado experimentando graves problemas a la hora de ejercer la autoridad y de poner límites a los niños. Pero la respuesta, dice Pedro Rascón, presidente de la confederación de padres de alumnos Ceapa, nunca puede ser volver a fórmulas autoritarias y represivas del pasado.
Así, esas alternativas pueden incluir castigos no agresivos -aunque sobre el tema del castigo también hay muchas teorías encontradas- que van desde quitar algún privilegio (te quedas sin televisión o sin juguete), a arreglar el daño causado (pedir perdón, arreglar o pagar con los ahorros lo que se ha roto). Pero siempre debe ser, según Sarrado, un castigo inmediato, coherente -es bastante malo que los padres se contradigan-, justo, ajustado y mantenerse en el tiempo. "Puede que alguien llegue a la conclusión de que se ha equivocado con la respuesta al hijo, pero no debe cambiar de criterio hasta que el niño o la niña deje de presionar", para que no piense que el cambio se debe a esa presión. Y añade que solo si se han establecido antes unos hábitos de diálogo y unos compromisos funcionará en la adolescencia la vía de la negociación.Gámez, por su parte, también insiste en que todas esas pautas deben establecerse desde el principio. Pero también habla de la necesidad de manejar la atención parental, es decir, no es una buena idea que el niño perciba que su padre o su madre solo le hacen caso cuando hace las cosas mal, y nunca cuando hace las cosas bien, dice el profesor.La cuestión es que los padres no tienen por qué ser pedagogos y todas esas herramientas no son fáciles. "Hoy en día hay muchos recursos, hay escuelas de padres, se puede hacer un seguimiento muy de cerca con los profesores de los centros educativos", contesta Sarrado.
El debate sigue y seguirá abierto y los padres también tienen derecho a equivocarse sin que se les culpabilice, lo cual no quiere decir que, como señala Sarrado, "cuanto menos cachetes, mejor, y si puede ser, nada". Y así, sin fórmulas que den respuestas exactas, lo que queda es un enorme espacio entre el sentido común al que apela Marina y las respuestas científicas. Gámez admite que alguien al que le han dado cachetes es muy posible que no quede traumatizado, que no le queden secuelas en su autoestima, que no golpee a su vez a su hijo cuando sea mayor, que no genere conductas que incluyan la violencia en la resolución de conflictos... Puede que eso no le ocurra, dice, pero desde luego, según numerosos estudios científicos, tiene muchas más posibilidades que un chaval que no recibió cachetes
.Las alternativas al coscorrón
- El diálogo. Aunque pueda antojarse inútil, es importante empezar a explicar las decisiones que se toman a los niños desde que son pequeños, aunque tengan siete u ocho años, para ir poniendo los cimientos de una relación de diálogo, dice el pedagogo Joan Josep Sarrado.
- La firmeza. Es mucho más interesante decir las cosas con firmeza que gritando, dice Aguado.
- El castigo. El castigo debe estar pegado a la acción, no esperar, y debe ser contundente desde el principio; castigar si se decide castigar sin amenazar durante mucho tiempo, añade Aguado. Además, debe ser ajustado y mantenerse a pesar de la presión del hijo, apunta Joan Josep Sarrado. Puede ser desde mandarle de cara a la pared o a otra habitación, hasta privarle de la tele o de un juguete.
- La atención. Los padres deben procurar dedicarle atención al niño cuando haga las cosas bien, no solo cuando las haga mal. Hay que saber ignorar algunos comportamientos con los que el menor solo quiere llamar la atención, dice el psicólogo Manuel Gámez.







SUECIA El niño tiene 12 años







Al calabozo por darle un sopapo a su hijo
ELMUNDO.es Madrid
Actualizado martes 30/08/2011 15:51 horas
Dentro de Europa, las costumbres respecto a cómo criar un hijo pueden llegar a ser muy distintas. El asunto ha estado en las sobremesas del viejo continente estos últimos días debido a los disturbios de Reino Unido. Ahora, Italia y Suecia cuentan con una nueva polémica para reavivar el debate.
Giovanni Colasante, un italiano de 46 años y consejero del ayuntamiento de Canosa -en Puglia- decidió pasar las vacaciones junto a su familia en Estocolmo, capital de Suecia. Lo que debía ser una temporada agradable junto a los seres queridos se convirtió en una desagradable visita obligada a las dependencias policiales suecas, según informa el diario italiano 'Corriere del Mezzogiorno'.
Paseando por las calles de la ciudad norteña, el hijo de Colasante, de 12 años, tuvo una rabieta. El padre decidió poner fin a la escena dándole un sopapo. Algo que muchos considerarían normal en otras tierras y que, sin embargo, en Suecia es ilegal. Como resultado de su acción, el italiano acabó arrestado y retenido en el país hasta el día del juicio, previsto para el día 6 de septiembre. Su esposa se ha quedado con él, mientras que el niño ha vuelto a su casa junto al resto de los viajeros.
Cualquier forma de violencia física hacia la propia prole, por más leve que sea, está prohibida en Suecia y se considera un delito grave que corresponde al maltrato. Se trata de algo tan serio que Colasante acabó esposado, denunciado ante las autoridades y encarcelado por tres días. Y aún está esperando a la resolución judicial.

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